Escuela castellana. Tercer cuarto del siglo XVII.
"San Juan Evangelista"
Escultura en madera tallada, dorada y policromada.
Medidas totales con peana: 105,5 x 41 x 29,5 cm.
Interesante efigie de San Juan Evangelista, el “Discípulo Amado”, dispuesto sobre su peana original, ricamente tallada y dorada. El santo ha sido concebido de pie, en una actitud serena e introspectiva, con la pierna izquierda levemente adelantada, gesto que se insinúa en el modelado de la túnica al intuirse la rodilla bajo los pliegues de la túnica. La cabeza mira al frente, en dirección al brazo derecho, extendido hacia el espectador. En su mano, con los dedos mutilados, portaría a buen seguro el característico cáliz repleto de veneno, del cual surgiría un pequeño dragoncillo alado, símbolo del contenido ponzoñoso de la copa y alusión directa a uno de los episodios más célebres de la vida de este apóstol y evangelista, que en esta ocasión no ha sido retratado con su característico libro.
El referido cáliz hace referencia al milagro acaecido en Éfeso tras la muerte del emperador romano Domiciano (51-96 d. C.). Según narra Réau, Aristodemo, sumo sacerdote del templo de Diana, quiso poner a prueba la fe de San Juan: “Si quieres que crea en tu Dios, te daré veneno a beber y si no te hace daño alguno es que tu dios es el verdadero Dios”. Tras moler “reptiles venenosos en un mortero, en principio ensayó los efectos del veneno sobre dos condenados a muerte que sucumbieron de inmediato. Entonces llegó el turno del apóstol que tomó la copa, y después de hacer la señal de la cruz, se bebió el veneno de un trago sin experimentar mal alguno. Luego resucitó a los condenados extendiendo su manto sobre ellos”.
El apóstol viste una amplia túnica verde con cuello vuelto y botonadura dorada, ceñida a la cintura por un fino cinturón. Sobre el hombro izquierdo, y cubriendo la espalda, tiene echado un manto rojo ricamente policromado con motivos florales de disposición simétrica, y cuyo borde está recorrido por una estrecha orla ornamentada con motivos semejantes. La composición contrapone la rigidez de los quebrados y gruesos pliegues de la túnica con la suavidad y verticalidad de los del manto, revelando la destreza del escultor en el tratamiento de las calidades textiles. Ambos tipos de drapeado permiten situar la obra hacia el tercer cuarto del siglo XVII.
El rostro del santo, de expresión apacible y meditabunda, responde al de un joven efebo de delicada belleza, de facciones finas y armoniosas, cuya cabellera dorada, formada por bucles simétricos, evidencia la destreza del escultor a la hora de manejar el trépano. Los ojos, grandes y almendrados, están pintados directamente sobre la madera, careciendo por completo de postizos. La boca, cerrada y de labios carnosos, acentúa la serenidad introspectiva del santo. Por la forma de concebir los plegados de las vestimentas, los rasgos faciales del rostro y la manera de dibujar la cabellera, bien podría considerarse que su autor fue un buen escultor del área castellana.
Agradecemos a D. Javier Baladrón, doctor en Historia del Arte, por la identificación y catalogación de esta obra.