Escuela castellana o andaluza. Finales del siglo XVII.
"Niño Jesús meditando sobre la muerte"
Escultura en madera tallada y policromada.
Medidas totales con peana: 72,5 x 29 x 20 cm.
Las representaciones escultóricas independientes del Niño Jesús comenzaron a estar en boga en el siglo XVI a raíz de la Contrarreforma, alcanzando su cénit de popularidad durante el Barroco, ya que eran imágenes perfectas para el consumo de la devoción popular. Muy demandadas para disponerlas en oratorios privados, permitían practicar una piedad y meditación íntima, adaptándose al espíritu religioso del momento.
Las diversas iconografías del Niño Jesús querían mostrar la humanidad de Cristo, estando cargadas algunas de ellas de un profundo simbolismo. Tal es el caso de la presente escultura, cuya iconografía, poco frecuente y que por ello le otorga gran valor artístico, muestra al Divino Infante apoyando su codo sobre una calavera en clara prefiguración de su Pasión y Muerte, así como del triunfo que con ella alcanzará. Esta insólita representación conjuga de manera magistral los mensajes contrapuestos de vida y muerte, al mostrar la inocencia del Niño Jesús frente al dramatismo de la calavera. Ésta, además de aludir a la mortalidad del ser humano, evoca la cabeza de Adán, que según la tradición fue enterrado en el Gólgota, monte en el que más tarde sería crucificado el propio Jesús. Asimismo, esta escultura podría constituir una meditación sobre la fugacidad de la vida, una Vanitas típicamente barroca, como lo es la propia pieza.
La escultura muestra al Niño Jesús de pie, en una posición inestable, casi de danzarín, logrando un contrapposto al mantener el cuerpo apoyado sobre la pierna derecha mientras cruza la izquierda, creando así una composición dinámica. También se contraponen los brazos puesto que mientras que el codo derecho lo apoya sobre una calavera, llevándose la mano a la mejilla en actitud meditabunda, el izquierdo lo estira en diagonal para señalar un reloj de arena. Calavera y reloj de arena son elementos consustanciales a un género artístico que estuvo muy en boga durante el barroco: el Vanitas, en el cual se reflexiona sobre la fugacidad vida. La calavera está situada sobre un tronco por el que asciende una serpiente con rostro humano, símbolo del demonio que, durante el Pecado Original, ofreció la manzana a Adán y Eva. De este modo, la escultura establece un vínculo teológico entre el pecado original y la redención, recordando que el sacrificio de Cristo mediante su Pasión y Muerte otorgó a la humidad el perdón por aquella falta primigenia cometida por los primeros padres.
La escultura parece materializar las palabras del sacerdote mercedario Fray Juan Interián de Ayala (1656-1730), quien en su tratado "El pintor cristiano y erudito" señala: “Cristo Señor Nuestro desde el primer instante de su concepción, aceptó espontáneamente la muerte y acerbísima pasión, que le impuso su Eterno Padre, viviendo siempre aparejado para ella y pensando en ella muchas veces: sabiendo muy bien que con su muerte vencería a la misma muerte y al demonio”.
Como es habitual en estas representaciones infantiles, ha sido concebido con una complexión gordezuela, amplios mofletes, mentón redondeado prominente con hoyuelo marcado, piernas robustas, etc. Peina una cabellera compuesta por pequeñas guedejas onduladas de escaso resalte. El rostro, dulce y sereno, refleja perfectamente la actitud meditativa que quiso transmitir el escultor, quien demostró gran habilidad técnica a la hora de definir las facciones. Presenta ojos de vidrio y una pequeña boca cerrada de finos labios. Teniendo en cuenta sus rasgos estilísticos, esta simpática escultura, exenta completamente de dramatismo a pesar de la aparición de la calavera, pudo ser realizada en un taller castellano, sin descartarse una posible procedencia andaluza, hacia finales del siglo XVII.
Agradecemos a D. Javier Baladrón, doctor en Historia del Arte, por la identificación y catalogación de esta obra.