Escuela castellana. Primer cuarto del siglo XIV.
"Virgen con Niño"
Figura en piedra esculpida y policromada.
143 x 52 x 44 cm.
La pieza que aquí se presenta constituye un delicado y primoroso ejemplo de la imaginería gótica castellana de comienzos del siglo XIV, probablemente del primer cuarto del mismo. Se trata de una representación de la Virgen con el Niño, tema iconográfico de profunda raigambre medieval, que en este caso adopta una apariencia de marcado carácter humano y naturalista en contraposición a la rigidez tanto afectiva como estética de los primeros ejemplares del gótico. Que fue imagen de altar lo confirma el hecho de que la espalda esté sin esculpir ni policromar; además, posee una amplia concavidad que sería practicada para aligerar el peso.
La Virgen aparece de pie. Su porte, aunque algo rígido por el encapsulamiento de buena parte del cuerpo dentro de sus ampulosas vestimentas, confiere al conjunto una sensación de solemnidad y majestad. Gira el rostro para mirar directamente a su Hijo, con quien mantiene un vínculo afectivo y físico: lo sujeta por las piernas mientas el Hijo, con gesto tierno, extiende la mano derecha para acariciarle amorosamente la barbilla. La composición muestra así una relación afectiva entre Madre e Hijo.
La Virgen viste una túnica azulada, ceñida al cuerpo y con pliegues de escaso resalte. Sobre ella porta un manto encarnado recorrido por plegados muy movidos, que adquieren un mayor volumen en la parte baja, pudiéndose observar unos pliegues paralelos casi en abanico bajo el punto en el que apoya el Niño. Completa su atuendo un velo que le cubre parcialmente la cabellera y cae por el pecho, enmarcando la cabeza y el cuello. La cabeza, que parece haber estado coronada -corona hoy bastante perdida-, tiene forma ovalada y presenta unos rasgos faciales muy bellos: grandes ojos almendrados, nariz fina y alargada, y boca de labios finos y cerrados que dejan ver ligeros huecos en las comisuras. Los pómulos amplios y rosados, el mentón potente y la papada apenas insinuada, dotan al rostro de un gesto sereno y amable. Su abundante cabellera dorada cae en sinuosas guedejas dispuestas simétricamente.
En contraste con la actitud reposada de la Madre, el Niño muestra mayor dinamismo. Dispuesto sobre la mano izquierda de su Madre -pues ésta ha perdido la derecha-, gira el rostro hacia Ella. Estira la mano derecha, con la palma vuelta hacia arriba, para hacerle una delicada caricia en la barbilla, mientras que la otra la apoya sobre la rodilla del mismo lado, reforzando así la sensación de movimiento. Viste una túnica verde que le cubre gran parte de su anatomía, dejando apenas al descubierto las manos, los pies, la pierna izquierda y la cabeza. Es esta redondeada y voluminosa, con cabellera dorada compacta compuesta por pequeños mechoncitos.
Llama la atención la proliferación de numerosos pequeños orificios redondeados distribuidos a lo largo de la túnica del Niño, así como en la de la Virgen. Quizás pudiera deberse a que, durante la época del Rococó, allá por el tercer cuarto del siglo XVIII, la obra sufrió un repolicromado, práctica habitual entonces que a menudo se acompañaba de la incrustación de cabujones y piedras preciosas. Cabe pensar, por tanto, que dichos orificios alojaran en su momento esas lujosas decoraciones postizas.
La calidad de la imagen, especialmente patente en la delicadeza de rostro de María y en la concepción de los ropajes, revelan un taller de notable nivel técnico, probablemente activo en territorio castellano a comienzos del siglo XIV. El rostro de la Virgen trae a la memoria el de algunas Vírgenes pétreas del ámbito zamorano, algunas de las cuales forman grupos de la Virgen con el Niño y otras de la Anunciación.
Agradecemos a D. Javier Baladrón, doctor en Historia del Arte, por la identificación y catalogación de esta obra.