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Luis Niño (Potosí, Bolivia, activo entre 1737 y 1750)

LOTE 35

Luis Niño (Potosí, Bolivia, activo entre 1737 y 1750)

Estimación
25.000 € / 40.000 €

Remate: 25.000 €

Luis Niño (Potosí, Bolivia, activo entre 1737 y 1750)
“La Exaltación de la Eucaristía”
Óleo sobre tela. 

110 x 80 cm. 

 

Luis Niño fue un destacado pintor y escultor indígena activo en Potosí durante la primera mitad del siglo XVIII. Es descrito por cronistas como Diego Arzans y Vela, como un artista de extraordinario talento que logró combinar influencias barrocas con la espiritualidad indígena para crear composiciones visualmente impactantes y cargadas de simbolismo.
Nuestra pintura presenta una estructura jerárquica que incluye elementos cristianos como la Virgen y el Santísimo Sacramento, rodeados de ángeles músicos que se encuentran enmarcados por un exuberante trabajo de brocados imitando el oro, característica distintiva del arte virreinal potosino.

Comparada con otras obras de Niño, como la "Virgen de Sabaya" y la "Virgen del Rosario", ambas respectivamente conservadas en el Museo de la Moneda en Potosí y la Recoleta de Sucre, la pintura que presentamos mantiene la estructura compositiva y los motivos decorativos característicos de su estilo. La disposición de los ángeles músicos en la parte superior y la inclusión de elementos arquitectónicos antropomorfos muestran una coherencia estilística que conecta las diferentes obras del autor. Por otro lado, al contrastar con piezas como la "Virgen de la Victoria de Málaga" en el Museo de Denver, se observa una influencia internacional más marcada, adaptada al contexto local por Niño.

 

Esta obra profusamente adornada como un altar sevillano para la Fiesta del Corpus, llama la atención sobre la importancia de los retablos, pinturas y arte en general para el culto eucarístico en América.
Como ejemplo puntero recordamos muy bien el retablo de San Francisco Javier en el templo del noviciado jesuita de Tepotzotlán, hoy Museo Nacional del Virreinato, en el que en un manifestador, en ese retablo, se expone la Hostia Consagrada con la pintura de la Virgen de Guadalupe.
Vemos representado en un retablo fingido un altar con mantelería finamente bordada, la exposición o manifestación del Santísimo dentro de una custodia. A diferencia de lo que sería el depósito o reserva eucarística en un Sagrario, aquí se presenta la Hostia Consagrada en una custodia, rodeada de ángeles en la Gloria y otros dos orantes, arrodillados, tocando el arpa y el laúd. Pintar una exposición del Santísimo Sacramento fuera de lo que es una procesión era un modo de hacerlo presente y visible más tiempo, y su contemplación en un rincón de la iglesia hacía recordar a los fieles de una manera plástica, bella y ricamente decorada que “Jesús está al lado”.
Esta tipología de cuadros eran expresión de lo que en el siglo XVI se dijo ya en el Concilio de Trento, donde se prescribió que el Cuerpo de Cristo debería seguir siendo expuesto a los fieles: “Si alguno dijere, que en el Santo Sacramento de la Eucaristía no se debe adorar a Cristo, hijo unigénito de Dios con el culto de latría […] que no se debe exponer públicamente al pueblo para que lo adore, y que los que le adoran son idólatras, sea excomulgado”.
Esta naciente devoción de adorar a Cristo Eucaristía fue introducida en Roma hacia 1550 por San Felipe Neri. En 1592, mediante la Constitución “Graves et diuturnae”, el Papa Clemente VIII estableció la adoración de 40 horas eucarísticas con la finalidad de “lograr la concordia entre los príncipes cristianos y la paz entre todas las naciones”. Esa oración eucarística de las 40 horas se hace celebración pública en Nueva España a partir del siglo XVIII.
Así como en el retablo al que hacíamos alusión del antiguo noviciado jesuítico está presente la Virgen de Guadalupe, en éste, como base y columna de esa custodia, se encuentra la Virgen Inmaculada. Rodean la escena dos ángeles turiferarios, y los músicos, cantantes o tañedores de instrumentos, que vienen a representar el tipo iconográfico de la música celestial.
Así también los ángeles se mostraban como ministros de la Eucaristía, se hacían cercanos a las personas, teniendo la labor de defender a cada ser humano uno por uno. Y seguramente esa proximidad al ser humano propició su presencia en el mundo del arte. Aquí los vemos de rasgos juveniles, algunos infantiles, rubios, de cabellos rizados, bucles y vestidos de dalmática. Reflejan la influencia tanto de las tradiciones europeas como de los tejidos andinos.
En el plano inferior, la representación de la Virgen y otros elementos marianos enfatizan la conexión espiritual entre el cielo y la tierra. Su superposición sobre el paisaje evoca la identificación simbólica entre la Pachamama y la Virgen María, una estrategia común en la evangelización que buscaba facilitar la aceptación del cristianismo entre los pueblos originarios.
La paleta de colores se basa en tonos cálidos, donde los dorados y rojos resaltan sobre un fondo más apagado, creando un efecto de contraste que dirige la atención del espectador hacia los elementos centrales.

La técnica de brocado imitando el oro, aplicada meticulosamente sobre las vestiduras de los ángeles y la Virgen, evidencia la habilidad técnica del autor y su capacidad para incorporar elementos decorativos de manera armónica. El óleo, combinado con estos detalles dorados, crea una superficie rica en texturas que refleja la luz de manera particular, resaltando la espiritualidad de la escena.

En el contexto histórico, la obra de Luis Niño surge en una época marcada por la consolidación del barroco mestizo en el Alto Perú, donde las expresiones artísticas reflejaban la interacción entre las tradiciones europeas y las creencias indígenas. Niño trabajó en un entorno profundamente influenciado por la explotación minera de Potosí, una de las principales fuentes de riqueza del imperio español, donde los mitayos indígenas desempeñaban un papel crucial. A través de sus obras, logró reivindicar las capacidades artísticas de los indígenas, como lo destacó Arzans al mencionar que las creaciones de Niño eran equivalentes a las de los grandes maestros clásicos.


Esta obra nos parece un ejemplo sobresaliente de la maestría técnica de Luis Niño. A través de su pintura, Niño logró integrar elementos de la iconografía cristiana con tradiciones y símbolos indígenas, creando una narrativa visual que resonaba tanto entre las élites coloniales como entre las comunidades indígenas. Su legado artístico representa un puente entre dos mundos, reafirmando la capacidad de las culturas indígenas para dialogar, adaptarse y resistir mediante la creación artística.

 

Bibliografía de referencia:

- Chacón Torres, M. (1973). "Arte Virreinal en Potosí". Escuela de Estudios Hispanoamericanos.
- Gisbert, T. (1999). “Luis Niño y San Lorenzo de Potosí”, en Revista de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (La Paz), n.º 7, págs. 17-25 .
- Querejazu, P. (1999). “Luis Niño, el famoso desconocido”, en Revista de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (La Paz), n.º 7, págs. 7-16.