Melchor Pérez Holguín (Cochabamba, Bolivia, 1660 - Potosí, 1732)
"El primer viaje de Santiago el Mayor a Hispania"
Óleo sobre tela.
99 x 124 cm.
Bello cuadro de gran relevancia histórica y religiosa, pues nos muestra el primero de los viajes de Santiago a Hispania, que dejaron un legado duradero en la región. Este viaje tuvo lugar en el siglo I d. C. Según la tradición, Santiago fue enviado a España como uno de los apóstoles de Jesús para difundir el cristianismo en la región. Tras la muerte de Cristo, Santiago apasionado e impetuoso formó parte del grupo inicial de la iglesia primitiva de Jerusalén. En su labor evangelizadora se le adjudicó, según las tradiciones medievales, el territorio peninsular español, concretamente la región del noroeste, conocida entonces como Gallaecia. Algunas teorías apuntan a que el actual patrón de España llegó a las tierras del norte por la deshabitada costa de Portugal. Otras, sin embargo, dibujan su camino por el valle del Ebro y la vía romana cantábrica. Incluso las hay que aseguran que Santiago llegó a la península por la actual Cartagena, desde donde enfiló su viaje hasta la esquina occidental del mapa.
Durante su estancia, se cree que realizó numerosos milagros y convirtió muchas personas al cristianismo.
Este viaje de Santiago fue de gran importancia para la historia del cristianismo en la península ibérica. Su presencia contribuyó a la expansión del cristianismo en la región y sentó las bases para la posterior evangelización de la península.
Decimos que se trata del primer viaje de Santiago a España, pues el segundo ocurrió siglos después de su muerte. Según la tradición, después de su muerte en Jerusalén, sus restos fueron trasladados a Hispania por sus discípulos. Se cree que fueron enterrados en un lugar que más tarde se convertiría en la ciudad de Santiago de Compostela. Ese traslado de restos tuvo un gran impacto en la región. Su tumba se convirtió en un importante lugar de peregrinación y atrajo a miles de fieles de toda Europa. El camino de Santiago, una ruta de peregrinación que recorre toda la península ibérica, se desarrolló en torno a su tumba y se convirtió en una de las rutas de peregrinación más importantes del mundo.
En un paisaje idílico, respirable, de vegetación abundante y rica, contemplamos un camino de peregrinaje que circunda el río —quizás el río Ebro—, sobre el que transita un puente. Los peregrinos, a caballo, caminantes, o un grupo que descansa arriba contemplando el templo al que se acercan, rodeado por cipreses, muestran rostros serenos, llenos de devoción, bondad y sonrisas, marcados por la alegría del momento.
Destaca uno, Santiago, montado a un imponente caballo negro y blanco, el único que, con su mirada profunda y penetrante, mira directamente al espectador. El Santo se para o es parado por otro caminante, que va en su burro, en un encuentro espiritual y hondo de ambos, reflejado en sus rostros y gestos: rostros serenos, entrelazadas sus manos, el del pollino besa la mano del santo con reverencia y devoción, consciente del poder espiritual de ese encuentro milagroso. Tanto el Apóstol como él tienen sus sombreros quitados, en signo de respeto, humildad y reverencia espiritual.
El viaje de Santiago a Galicia simboliza la conexión espiritual entre Oriente y Occidente, convirtiéndose en un puente cultural y religioso que marcaría la historia de España.
Por lo que al autor de la obra se refiere, la atribuimos a Melchor Pérez de Holguín, uno de los más importantes pintores del barroco mestizo virreinal, de la que se llamó Escuela de Potosí que se desarrolló en los años 1700 - 1790. Fueron características el tenebrismo y la influencia de Zurbarán. En su obra abundaron los trabajos realizados para los franciscanos y los dominicos.
Como indica Suzanne L. Stratton-Pruitt, a pesar de que Holguín conocía por supuesto la obra cuzqueña diseminada y estilísticamente de gran influencia en el Alto Perú, su obra es muy personal, y está algo alejada de ese estilo, aunque adopta algunos elementos comunes en la pintura de Cuzco. Asimismo, son características la serenidad que reflejan los rostros de sus personajes, como podemos apreciar en la obra que presentamos.