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LOTE 43

Pedro de Ávila (Valladolid, 1678 - 1742)

Estimación
15.000 € / 18.000 €

Pedro de Ávila (Valladolid, 1678 - 1742)
"Santo mártir"
Escultura en madera tallada, policromada y dorada. Circa 1730.
Medidas máximas: 110 x 55 x 46 cm.
En esta exquisita escultura que presentamos, que destaca por su elevada calidad tanto desde la perspectiva de la labra de la escultura como desde el de su policromía, es una obra indudable de Pedro de Ávila (1678-1755), el escultor más destacado del foco vallisoletano durante las cuatro primeras décadas del siglo XVIII y por ende uno de los más relevantes de la Castilla del momento.
Ávila ha concebido a la mártir erguida y con la pierna izquierda levemente adelantada conformando el típico contrapposto del que gusta dotar a sus personajes. Eleva la mano derecha, en la que portaría una desaparecida espada con la que fue martirizada mientras que el brazo izquierdo lo dispone oblicuamente, en cuya mano sujetaría el otro instrumento de su martirio: la rueda con cuchillas. Son visibles aún en esa zona dos clavos en los cuales iría inserta la rueda. Dadas las relaciones que mantiene esta escultura con otras de la santa tallada por Ávila es probable que a sus pies se encontrara la cabeza cortada del Emperador Maximiano, su perseguidor y asesino, si bien en otras ocasiones se señala que ese verdugo fue el emperador Majencio.
Viste una túnica verde que le cubre completamente el cuerpo salvo las puntas de los pies y por encima tiene echado un manto rojo sobre el hombro y anudado a la altura de la cintura. Ambas prendas están policromadas con fastuosas decoraciones a punta de pincel consistentes en variados motivos florales en tonos multicolores y dorados. En el caso de la túnica sobresale a la altura del pecho un medallón en el que se encuentra efigiado el martirio de la santa, la degollación, a cargo de un esbirro que alza su espada mientras la agarra por los cabellos. Por su parte, en el borde del manto observamos una deliciosa orla dorada y con motivos vegetales muy jugosos. Ambas prendas están facetadas por una multitud de pliegues berninescos o acuchillados –del cual Ávila fue su introductor en Castilla a comienzos de la década de 1710– que provocan en sus superficies unos sutiles juegos de claroscuro. En el caso del manto, éste está concebido en base a grandes concavidades situadas en diversos planos.
La asignación de esta pieza a Pedro de Ávila está fuera de toda duda dada la presencia de los clásicos estilemas del escultor (rasgos faciales –ojos almendrados y con un leve abultamiento en su zona inferior, nariz amplia de tabique ancho y aplastado, boca de labios finos en la que aparecen tallados los dientes y la punta de la lengua–, clásica disposición de las manos y sus dedos, adelantamiento de una de las piernas, pies formando un ángulo recto dividido por un trozo de túnica, etc.). La cabeza, tocada por una melena muy compacta y simétrica que le tapa las orejas, sigue los parámetros generales a los que nos tiene acostumbrados Ávila durante su última década productiva, la de 1730, en la que los rasgos faciales, e incluso el propio canon de la escultura, se estilizan notoriamente. Tanto por la disposición del cuerpo como por su policromía emparenta con el San Joaquín y la Santa Ana conservados en el Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid, mientras que la cabeza es la típica que dispone a sus imágenes marianas y también a las de las santas, como por ejemplo a sus diversos ejemplares de Santa María Magdalena.

Agradecemos a D. Javier Baladrón, doctor en Historia del Arte, por la identificación y catalogación de esta obra.