Escuela mallorquina. Siglo XVIII.
"La tempestad calmada”
Óleo sobre tela. Con importante marco en madera tallada, policromada y dorada del siglo XVII.
89 x 131,5 cm.
Esta bella obra apaisada nos asoma a uno de los milagros de la vida de Jesús en los Evangelios, concretamente el de “la tempestad calmada”, narrado en Mateo 8:23-27, Marcos 4:35-41, y Lucas 8:22-25.
Este episodio es distinto de aquel de “Jesús caminando sobre las aguas”, que también involucra una barca en el lago y aparece más tarde en la narración, justamente en el capítulo 14 de Mateo.
Con pinceladas de un barroco tardío de influencias italianas, nuestro autor caracteriza la escena que pinta con una gran teatralidad, la brillantez cromática (a pesar de ser un paisaje nocturno), y una fuerte función devocional. Rostros con anatomías llenas de personalidad, como sacadas de un cuento, muy didácticas, con expresiones que hablan por sí mismas.
La escena es al anochecer, en plena oscuridad, cuando Jesús y sus discípulos cruzan el mar de Galilea en una barca pequeña. Y es entonces cuando se levanta una gran tempestad (“seísmo” en griego, o sacudida, que genera olas muy altas) con grandes olas que rompen sobre la barca, de tal modo que casi se inunda. Según los Evangelios, Jesús estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Asustados, los discípulos lo despiertan y le dicen “Maestro, ¿no te preocupa si nos ahogamos?”.
Estas repentinas tormentas, frecuentes en el mar de Galilea, son atribuidas a los vientos que surgen en las cumbres del Monte Hermón, en la Cordillera del Antilíbano. Los judíos, además, eran personas de tierra firme, a los que generalmente les incomodaba el mar, puesto que creían que estaba lleno de criaturas espantosas.
El mar, en muchos lugares de la Biblia, representa el lugar de las fuerzas maléficas que sólo Dios puede dominar, con el imperio de su voz (v. 39). Las palabras que Jesús les dirige (v.40) señalan una verdad perenne, según la doctrina cristiana: la fe vence al miedo; con fe en Jesús no hay nada que pueda causar tribulación.
El milagro manifiesta con nitidez el poder de Jesús sobre los elementos y la necesidad de la fe de los discípulos (Mt 8, 23-27) y Mc 4, 35-41).
Una escena pintada para catequizar, para ayudarnos con su sola visión, a aumentar nuestra fe. La escena ha sido entendida como un paradigma de la acción de Jesús en su Iglesia — prefigurada en la barca agitada por las olas—, o en cada alma. En ocasiones, también nos parece que Jesús duerme, pero nuestra oración perseverante lo despierta, y acude entonces a nuestra ayuda, y vuelve la calma.
Destacan las cuatro cabezas celestes, los céfiros soplando con fuerza, que provocan crestas y rizos en las olas, los colores encendidos que están dentro de la barca (la vida), mientras fuera se cierne la oscuridad y el abismo negrísimo (la muerte). A la derecha, a lo lejos, Galilea y su arquitectura, templo y faro, y barcos que bailan al son de la tempestad.