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Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)
Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)

Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)

Estimación
35.000 € / 70.000 €

Atribuido a Juan Correa (Ciudad de México, 1646 - 1716) en colaboración con su sobrino Nicolás Correa (México, 1657 - circa 1708)

“La Virgen de los Remedios”

Óleo sobre tabla con aplicaciones de pedrería y elementos en relieve “a pastiglia” dorados.

74 x 48,5 cm.

 

Exquisita y soberbia obra novohispana realizada en colaboración entre los Correa, Juan y Nicolás, tío y sobrino, aportando cada uno lo mejor de su arte. Este último, hijo del también pintor José Correa, estaba especializado en la pintura de aplicaciones o enconchado.

La contemplación de una obra homóloga en rareza es la que dio inicio a nuestra hipótesis. Se trata de “Las Bodas de Caná” de 1696, de Nicolás Correa, de la colección de la Hispanic Society of America, en Nueva York. Ahí encontramos elementos ‘a pastiglia’ en las tapicerías que cubren las paredes y el dosel, así como la riqueza de ese enconchado de tamaño tan pequeño, usando además la técnica japonesa ‘maki’.

Creemos que nuestra tabla se trata de un hallazgo y un auténtico tesoro. La parte de “orfebrería” de la pieza, que aporta Nicolás Correa, lejos de constituir una simple función de adorno, complementa la pintura. No la ahoga ni la abigarra en demasía respondiendo a un horror vacui sin motivo, sino que embellece lo ya de por sí bello, con equilibrio, delicadeza, calidad y fineza. No es una decoración, es arte en sí mismo adaptado a una representación pictórica. Así pues, Nicolás Correa aporta su sabiduría y sus conocimientos y los aplica a un óleo sobre tabla, y no a un biombo o a un enconchado, como es más habitual en él y como vemos en “Las Bodas de Caná”.

En suma, la engrandecen y la convierten en una pieza tridimensional, haciéndola muy destacable, donde cada elemento se hace indispensable para conseguir la belleza final y total del conjunto.

Por las características fisiológicas y anatómicas de la Virgen y el Niño, además de las típicas texturas y encarnaduras de sus pieles, apreciamos que coinciden, y mucho, con otras obras de Juan Correa. De ahí nuestra atribución. Pero, como venimos argumentando, creemos que se trata de una obra familiar, donde su sobrino Nicolás, experto en el enconchado, quiso innovar aplicando a la manera de su trabajo las técnicas que enriquecían otras artes decorativas, creando en esta obra una pieza verdaderamente única en su género.

 

Nuestra advocación, junto con la Guadalupe, es una de las principales que destacan en importancia en México en la época de los Correa (siglos XVII y XVIII). La Virgen de los Remedios fue la primera imagen mariana venerada y traída en 1519 por los conquistadores españoles, considerada como su patrona, y directamente vinculada a la conquista.

Sobre un fondo de nubes casi indefinido donde se abre una luz tímida y sucia, sobresale la imagen de la Virgen de los Remedios como si fuera llevada en sus andas sobre un cojín aterciopelado, con una guirnalda de flores a modo de flama o ráfaga, un recurso estilístico de la pintura novohispana.

Nuestra guirnalda está compuesta de flores endémicas de México. Destacan dos: la anémona azul y la dalia blanca, flor nacional, entre otras, las mismas que aparecen en todas las guirnaldas y orlas pintadas en esa época por los Correa, Rodríguez, Juárez, etc.

 

La perfección en nuestra obra es su leitmotiv, perfección en pinceladas y en las rarezas y aplicaciones, que hacen de ella una obra única y extraordinaria en su técnica, donde una pintura sobre tabla se convierte casi en una escultura por los volúmenes que adquiere, gracias a todos sus añadidos: el trabajo de telas pintadas, cordoncillos y trenzas de distinto grosor, galones, bordados y costura, la auténtica orfebrería de las piedras y cristales de distintos colores que le aportan brillo, colorido y riqueza, su estucado y sobredorado con volumen como la técnica “maki” del arte asiático japonés…

El dorado de nuestra tabla no tiene nada que ver con la técnica del brocateado, sino que se trata de una aplicación de pan de oro sobre un sustrato inorgánico de base arcillosa (dorado ‘a la pastiglia’) de diversos espesores, que el artista ha modelado, dándole forma de pedestal, follaje, ramaje y aplicaciones a la túnica de la Virgen y a sus coronas, y que aportan a la obra un efecto de riqueza y alto relieve notable y único en su especie.

El único ejemplo comparable, por su alto relieve notable y por la misma tipología de ramas y hojas doradas, de rosal y/o ciruelo, sería el biombo de Miramar,  o también llamado de Las Tres Culturas, de principios del XVIII, que ahora se encuentra en la colección del Museo Histórico del Castillo de Miramar, Trieste, Italia.

Este volumen y alto relieve tiene una clara influencia del arte Namban, transmitido por las colonias de artistas japoneses establecidas en México, y que trabajaron en el entorno artístico novohispano, incluyendo los talleres de enconchados. Por ejemplo,  los artesanos de enconchados Miguel y Juan González, activos en México desde finales del siglo XVII, eran de origen japonés.

 

No hemos podido encontrar analogías con otras obras en la aplicación de piedras semipreciosas y de cristales con color en el pedestal, ramajes y orlas, o en las aplicaciones de la túnica. Por tanto, esta obra se convierte en doblemente única en cuanto a técnica y aplicaciones novedosas.

 

Una maravilla, en definitiva, digna de cualquier museo o colección de prestigio que, por el tamaño, sus características y su singularidad, nos gusta pensar que nació del ‘capriccio’ de tío y sobrino: como un acto festivo de felicidad artística, con mucho corazón y sentimiento, para crear algo único entre los dos. Quizás su destino, antes de llegar a nuestras manos, pausa temporal a la espera de un nuevo hogar, era el de complacer a una persona o una casa especial para los Correa.